"Tengo un problema con X" —una frase que solemos escuchar o incluso decirnos a nosotros mismos para acallar la conciencia.
X puede ser dinero, lascivia, alcohol, poder... cualquier área donde somos débiles y caemos con frecuencia.
Cuando pronunciamos esta frase, generalmente lo hacemos porque hemos llegado a un límite. Vemos un abismo y sabemos que si damos un paso más, podríamos terminar destruidos. Es entonces cuando decimos: "Tengo un problema con esto."
La reacción común es intentar evitar esas situaciones, hacer un plan, y abordar el problema de manera puntual. Como si se tratara de una caja separada del resto de nuestra vida. Los hombres tendemos a resolver desde lo práctico, y muchas veces también enfrentamos el pecado así: de forma aislada.
Pero tarde o temprano volvemos a caer… y entonces vuelve esa voz interna: "Sigo teniendo un problema con esto."
Amigo mío, no tienes un problema con eso. Tienes un problema con el pecado.
Dios lo deja claro en Romanos 8:13:
“Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; pero si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.”
Tal vez has leído este versículo muchas veces… pero ¿cuántas veces te has propuesto realmente mortificar las obras de la carne? Y aún más importante: ¿por medio del Espíritu?
El problema no es X. El problema es que no estamos luchando de verdad. No dedicamos nuestra vida a Dios en oración, no buscamos la fuerza en su Espíritu, y no dirigimos nuestra mirada a Jesús.
Al final, todo se reduce a amor. ¿Amas más a Jesús o a tu pecado?
Ese amor no es emocional o meramente sentimental. Es una decisión que se demuestra con acciones. Como dice 1 Juan 3:18:
"Queridos hijos, no amemos de palabra ni de labios para afuera, sino con hechos y de verdad."
Cuanto más te acercas a la luz, más visibles se vuelven las manchas. Lo mismo ocurre con Dios: mientras más cerca estás de Él, más fácil es amar a Jesús y odiar el pecado.
¿Participas activamente en tu comunidad? ¿Asistes a reuniones? ¿Te congregas?
Algo que entendí es que necesitamos oír el evangelio constantemente. Como ovejas, nos desviamos, nos perdemos, nos ponemos tercos. Pero Él nos llama por nombre. Nos ama tanto que dio su vida por nosotros. A Él debemos escuchar.
Entonces no, no tienes un problema con X. Tienes un problema con el pecado. Y si eres hijo, Dios te confrontará una y otra vez con el viejo hombre para que lo enfrentes, lo odies, y vivas la nueva vida que ya es tuya en Cristo.
No necesitamos ser transformados una y otra vez. La transformación ya ocurrió en la cruz. Tu viejo hombre fue clavado allí. Pero queda un remanente en nosotros, y debemos mortificarlo diariamente.
¿Por obligación? ¿Por cumplir? ¿Por miedo al rechazo?
No. Es por amor. Por amor a Aquel que, siendo inocente, llevó tus pecados y los míos en una cruz. Que, entre llantos, gritó:
Elí, Elí, ¿lamá sabactani?
Él recibió la copa de ira por nosotros. Sufrió el castigo más horrible, para que tú y yo fuéramos reconciliados con Dios.
Si así de amados somos, levantémonos como hijos, revistámonos de la nueva naturaleza, y enfrentemos el pecado en todas sus formas. Abramos todas las cajas. Pongámoslas a la luz. Dios limpiará, fortalecerá, y nos dará la valentía que necesitamos.
Comentarios
Publicar un comentario